Apichatpong Weerasethakul, Tsai Ming-liang y Edward Said, la voz inquebrantable


La voz inquebrantable. Said is dead. 19 de octubre de 2003


Antetítulo: La voz inquebrantable

Título: “Said is dead”

Entradilla: El 25 de septiembre, estas tres palabras rasgaban la red mundial como un relámpago. Edward W. Said, Premio Príncipe de Asturias 2002 “por su generosa y encomiable tarea en favor de la convivencia y la paz”, había perdido su lucha de 12 años contra la leucemia. Desaparecía el adalid más lúcido, “uno de los más elocuentes defensores”, del ya de por sí desposeído pueblo palestino

Foto 1

destacado principal:“ los israelíes (pierden) un adversario justo y humano”, daniel barenboim, famoso músico judío

Texto principal:A las 9:00 de la mañana del citado jueves, recién iniciado el frío otoño neoyorquino, Miriam, la segunda mujer de Said, confirmaba su muerte al Departamento de Lenguas y Culturas Asiáticas y de Oriente Medio de la Universidad de Columbia, donde su marido impartía su cátedra de literatura inglesa y la entidad encargada de comunicar públicamente su deceso. Se esfumaba con él la voz crítica más sagaz de su pueblo (era el intelectual palestino más temido por Arafat) , el avezado pianista y exquisito musicólogo (de ahí nació su relación con Barenboim -ver recuadro aparte-), el intelectual de renombre (su obra Orientalismo ha sido traducida a 26 idiomas y sus artículos se reproducían en los grandes diarios mundiales, desde el árabe Al-Ahram, hasta el británico The Guardian o el español El País), en suma, un auténtico Hombre del Renacimiento .

Un árabe, otro 11-s

Pero hasta en el momento de consumirse, eligió con precisión. No era casualidad la elección de sus portavoces ni de la ciudad en que acabar su interminable periplo vital. Said, nacido en Jerusalén en 1935, había aceptado en 1963 un puesto en la institución académica columbina tras una infancia claroscura en El Cairo -ver segundo recuadro- y sus estudios universitarios en Princeton y Harvard en los años 50. Además, este desarraigado nostálgico y perpetuo investigador de sus raíces siempre se había considerado “a New Yorker”. “Nueva York juega un rol importante en el tipo de crítica e interpretación que he realizado”. Y en fechas posteriores al 11 de septiembre, en una entrevista insuficientemente divulgada, afirmaba que, “como neoyorquino, le encontré un evento aterrador. Me quedé estupefacto, especialmente por la escala (…). En el fondo, había un implacable deseo de dañar a seres inocentes. Apuntaba a símbolos: el Centro Mundial del Comercio, el corazón del capitalismo americano, y el Pentágono, el mando del establishment militar. Pero no era un acto destinado a ser debatido. No era parte de una negociación. No contenía un mensaje. (…) Trascendía lo político y entraba en lo metafísico. Había una mente de calidad cósmica, diabólica, en proceso, que se negaba a mostrar ningún tipo de interés por el diálogo y la organización y persuasión políticas. (…) Tómese nota de que no existió ninguna reivindicación (…) ninguna petición (…) ningún comunicado. Fue una silenciosa pieza de terror. (…) Fue un salto a otro (…) reino de las locas abstracciones y generalidades mitológicas, implicando a gente que ha secuestrado al Islam para sus propios propósitos. Es importante no caer en la trampa e intentar no responder con otra venganza metafísica (…)” (podrá entenderse su desesperación al ser testigo en sus últimos días de la locura en que nos ha inmerso la enésima respuesta desquiciada de EE.UU. a lo que consideran un incomprensible comportamiento-sentimiento mundial hacia ellos). Como puede verse (y puede causar extrañeza), no traigo aquí al Said emocionado, sus textos clásicos, al admirable activista de una causa ¿perdida?, suficientemente loado en la prensa internacional estos días, sino al pensador pausado, que apela a los meandros más profundos de la razón. No sólo me interesa su lúcido contenido de sus reflexiones, sino el modo mismo en que construye su proceso de pensamiento.

honesta Singularidad

Crítica (insobornable, inflexible, ultrajada) y diálogo (vibrante, apasionado) eran los dos corazones de Said. Imagino que es esta dualidad complementaria la que le permitía huir del maniqueísmo y lo que le hace tan intelectualmente estimulante. El pensamiento occidental dominante se caracteriza por las dicotomías. Tal vez porque es el hijo (putativo) de la dialéctica griega y la estructura de valores judeo-cristiana. El Bien y el Mal, el Cielo y el Infierno, el fuerte y el débil, lo sublime y lo feo… Esta polaridad ideológica se agudizó durante la Guerra Fría, en que el planeta entero se dividió en dos bloques, Kennedy y Kruschev como las personificaciones icónicas que estuvieron a punto de desencadenar el Armagedón. Polos que, curiosamente, pueden ocuparse en vida de una sola persona como, por ejemplo, en la trayectoria del deslumbrante escritor Mario Vargas Llosa, hoy fanático neoliberal y en su juventud igualmente inflexible estalinista, como describió en su día en El País el destacado intelectual español Gregorio Morán (durante su convivencia en el exilio parisiense, el peruano no dejaba pasar la ocasión de descalificar al peninsular por ser “un pequeño burgués” moderado) y como el propio autor de La ciudad y los perros aceptó (“éramos bastante sectarios”) en su discurso de aceptación del título de Honoris Causa de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú), el 17 de abril de 2001. Frente a este tipo de intelectual acre que usa su riqueza conceptual y verbal de forma zahiriente, Said, no menos combatiente en sus acciones y principios, no pierde de vista su objetivo superador. Siempre con los débiles, con los explotados, con los maltratados, pero no en Blanco y Negro. Dialéctico en el sentido que toma la dialéctica negativa en la Escuela de Frankfurt (paradójicamente constituida por una plétora de judíos alemanes), este árabe mediterráneo y a la vez anglosajón acaba interesándose por las relaciones por encima de los hechos. “(…) me proporcionaron un gusto gradualmente emergente por la complejidad (…) por sí misma, sin resolver, sin conciliar y tal vez en realidad sin asimilar. (…) La idea de una complejidad que trascendiera las atroces limitaciones siguió creciendo en mí tras mi partida (…). Paradójicamente, las semillas de aquel deseo habían sido plasmadas en mi época de penuria más grande, cuando yo caminaba por las lúgubres calles (…) Poco a poco fui hallando la manera de coger libros prestados de varios amigos, (…) establecía conexiones entre libros e ideas dispares con facilidad considerable, (…) trazaba analogías (…) Tenía momentos de recuerdo exultante que me permitían contemplar un mar de detalles y encontrar pautas, frases y grupos de palabras que yo imaginaba que se extendían de forma ilimitada conectándose entre sí”. En el siglo de las grandes escuelas enfrentadas del pensamiento político, social y de la comunicación, Said, como Chomsky, se sitúa en la posición del francotirador solitario, certero pero vulnerable en su soledad, camuflado entre la hojarasca, también como Chomsky, de la brillantez de su trabajo más técnico, la literatura en el caso de uno, la lingüística en otro, pero a la vez también puente entre mundos debido a su indómito exilio, pero no como esos especialistas en la equidistancia exquisita y vacua -ver foto superior-.en el malecón de gaza Me ha dejado Usted, Sir Edward, sin la entrevista que siempre quise hacerle. Tantas preguntas, impertinentes, respetuosas o cómplices han quedado en el aire. Cuando paseamos por las ventosas y asoleadas avenidas de Johannesburgo, con sus nombres de los verdugos y las víctimas aún colgando, símbolos abofeteadores de que el país es fruto de un pacto entre el antiguo régimen y la población para acabar con el horrendo crimen institucional que supuso el apartheid, y vemos a los antiguos enemigos, como en El Salvador, enfrentados, pero dialogantes, incluso sonrientes, en el Gobierno y en el Congreso, puede soñarse que algún día podamos pasear igualmente por las calles de Gaza o de Haifa, y se mezclen en el callejero, como soñaron Said y Barenboim, los nombres judíos y árabes. Ese día pienso romper mi aversión a visitar el Estado religioso, belicoso e intolerante de hoy y espero poder caminar por la calle que su pueblo le dedique. Seguro que tendrá banquitos al sol, de ésos que invitan a sentarse a practicar su deporte favorito: reflexionar. Ahí le esperaré, Said, ahí le esperaré.

Recuadro 1 título: “Era mi alma gemela”

Recuadro 1 entradilla: Daniel Barenboim, uno de los directores israelíes de orquesta de mayor prestigio, lamentó la pérdida de su compañero de galardón y de arriesgadas iniciativas por la paz entre sus pueblos

Recuadro 1 texto: La misma mañana de la fatídica partida todas las agencias reproducían el escueto y emocionado comunicado que la Deutsche Staatsoper de Berlín, que el famoso músico judío de origen argentino dirige desde hace una década, liberaba en su nombre. Ambos habían obtenido el máximo premio español por su iniciativa conjunta The West-Eastern Divan.

west-eastern DIVAN

Con su título inspirado en la famosa obra de Goethe alusiva al Oriente, West-oestlicher Diwan, el proyecto consiste en un taller-orquesta en el que participan jóvenes promesas árabes e israelíes con el objetivo de fomentar la convivencia entre ambos pueblos mediante la música. “Mi amigo” tenía una “inusual facultad para ver conexiones entre disciplinas”, recoge el texto del pianista, que añade que tenía “la capacidad de perforar el subconsciente de la gente, de los creadores, de ganarse la admiración y provocar, lógicamente también, los celos y la enemistad de muchos israelíes y judíos que no querían tolerar sus críticas, no ya contra el actual Gobierno de Israel, sino contra una cierta mentalidad israelí”. De ese mismo modo, “muchos árabes no podían aceptar su sensibilidad para con la historia judía”, precisó el maestro.

significado de una roca

Porque el tímido Said no tenía miedo a exponerse. Véase el caso de su episodio más controvertido –foto izquierda-. La propia Columbia le exculpó alegando con acierto que el escritor en ningún momento había infringido una ley o agredido a alguien. Said inaugura el Milenio lanzando piedras en la franja fronteriza para recordar al mundo con su estrafalaria imagen de ese gesto inusitado en un profesor anglosajón, en medio del desierto, que sigue perteneciendo al pueblo de la “intifada” (recordemos, la revuelta de las piedras) y que esta rebelión, con todas sus dolorosas consecuencias, se mantiene viva mientras la injusticia que la provocó no sea enmendada por la comunidad internacional.

Recuadro 1 Foto 1: Uno de sus momentos más polémicos. Todo un filósofo tirando piedras simbólicamente contra la valla que separa Líbano de Israel en los días de la retirada de la IDF.

Recuadro 1 Foto 2: Barenboim, uno de los músicos más dotados de su generación, ha tenido problemas en Israel por defender un Estado único para todos.

Recuadro 2 título: Partir y volver

Recuadro 2 entradilla: Su lucidez y melancolía se desprenden de su cruel exilio, que retrató en su autobiografía, Fuera de lugar

Recuadro 2 texto: «(…) cuando viajo siempre llevo demasiado equipaje e incluso para ir al centro de la ciudad necesito llevar un maletín atiborrado de objetos cuya cantidad y tamaño resultan desproporcionados en relación a la duración real del viaje. Al analizar esto, llegué a la conclusión de que tenía un miedo secreto, pero invencible a no volver. Lo que he descubierto desde entonces es que a pesar de ese miedo siempre me creo ocasiones para marcharme, es decir, que doy pie voluntariamente al miedo. Las dos cosas parecen absolutamente necesarias para mí (…). Me digo a mí mismo: si no haces este viaje, si no demuestras tu movilidad, si cedes ante tu miedo a perderte y no cancelas ahora mismo los ritmos normales de la vida doméstica, seguro que no podrás hacerlo en un futuro próximo. También suelo sentir la melancolía del viajero (…) además de envidia hacia quienes se quedan atrás y a quienes veo al regresar con las caras no ensombrecidas por la desubicación o la movilidad aparentemente forzosa, felices con sus familias, atrapados en sus cómodos trajes y abrigos, presentes a la vista de todo el mundo. En la invisibilidad del que se ha marchado, en la condición de desaparecido y tal vez añorado, y asimismo en la sensación intensa ,repetitiva y predecible de destierro que lo aleja a uno de todo lo que conoce y le resulta cómodo, hay algo que infunde la necesidad de marcharse en virtud de una lógica apriorística y autogenerada y de una sensación de éxtasis. Sin embargo, en todos los casos, el miedo más grande es que la partida acabe significando ser abandonado, por mucho que sea uno el que se marche”.

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